La fugitiva
La fugitiva Muy señor mío,
El señor me perdonará por no haber escrito antes. La persona a la que el señor me había encargado ver se había ausentado durante dos días y, deseoso de responder a la confianza que el señor había puesto en mí, no quería volver con las manos vacías. Acabo de hablar por fin con esa persona que recuerda perfectamente a la (Srta. A.).
Aimé, que tenía cierto rudimento cultural, quería poner Srta. A. en cursiva o entre comillas, pero, cuando quería poner comillas, trazaba un paréntesis y, cuando quería poner algo entre paréntesis, lo ponía entre comillas. Así, Françoise decía que alguien permanecía en mi calle para referirse a que moraba en ella y que se podía «morar» dos minutos por «permanecer», pues las faltas de la gente del pueblo con mucha frecuencia consisten simplemente en intercambiar —como ha hecho, por lo demás, la lengua francesa— términos que a lo largo de los siglos han pasado a ocupar recíprocamente uno el lugar del otro.