La prisionera

La prisionera

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Albertine, aun en el ámbito de las tonterías, se expresaba de forma muy diferente de la niña que había sido hacía unos años, en Balbec. Llegaba hasta el extremo de declarar, a propósito de un acontecimiento político que censuraba: «Me parece estupendo», y no sé si no fue hacia aquella época cuando aprendió a decir, para significar que un libro le parecía mal escrito: «Es interesante, pero, hay que ver, está escrito como con los pies».

La prohibición de entrar en mi alcoba, antes de que yo hubiera llamado al timbre, la divertía mucho. Como había adquirido nuestra costumbre familiar de las citas y utilizaba las de obras de teatro que había interpretado en el colegio de monjas y que, según le había dicho yo, me gustaban, me comparaba siempre con Asuero:

Y la muerte es el precio de todo audaz

Que sin ser llamado se presenta a sus ojos.

Nada protege contra esa orden fatal,

Ni el rango ni el sexo y el crimen es igual.

Yo misma…

Estoy a esa ley como otra sometida

Y sin avisarlo es necesario, para hablarle,

Que me busque o al menos que me mande llamar.


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