La prisionera
La prisionera FÃsicamente, habÃa cambiado también. Sus largos ojos azules —más alargados— no habÃan conservado la misma forma; tenÃan el mismo color, pero parecÃan haber pasado al estado lÃquido, por lo que, cuando los cerraba, era como cuando con las cortinas se impide ver el mar. Seguramente esa parte de ella era la que sobre todo recordaba yo, todas las noches, al separarme de ella, pues, por ejemplo, todas las mañanas, la ondulación de su pelo me causó, al contrario, la misma sorpresa durante mucho tiempo que algo nuevo, que no hubiera visto nunca, y, sin embargo, ¿acaso hay algo más bello que esa corona ensortijada de violetas negras por encima de la mirada risueña de una muchacha? La sonrisa ofrece más amistad, pero los caracolillos barnizados de los cabellos en flor, más emparentados con la carne, cuya transposición en olitas parecen, atrapan más el deseo.
Nada más entrar en mi alcoba, saltaba a la cama y a veces se ponÃa a caracterizar mi inteligencia, juraba, presa de un arrebato sincero, que preferirÃa morir a separarse de mÃ: eran los dÃas en que me habÃa yo afeitado antes de dejarla entrar. Era de esas mujeres que no saben distinguir la razón de lo que sienten. Explican el placer que les causa un cutis fresco mediante las cualidades morales de aquel que les parece prometer una felicidad para su futuro, capaz, por lo demás, de disminuir y llegar a ser menos necesario a medida que nos dejamos crecer la barba.