La prisionera
La prisionera Yo le preguntaba adónde pensaba ir. «Creo que Andrée quiere llevarme a las Buttes-Chaumont, que no conozco». Cierto es que me resultaba imposible adivinar entre tantas otras palabras si bajo aquélla se escondÃa una mentira. Por lo demás, tenÃa confianza en Andrée para que me dijera todos los lugares a los que iba con Albertine. En Balbec, cuando me habÃa sentido demasiado cansado de Albertine, habÃa pensado decir, mendaz, a Andrée: «Mi querida Andrée, ¡si al menos te hubiera vuelto a ver antes! A ti es a la que habrÃa amado, pero ahora mi corazón está preso de otra. Aun asÃ, podemos vernos mucho, pues mi amor a otra me causa grandes pesares y me ayudarás a consolarme». Ahora bien, esas mismas palabras de mentira se habÃan vuelto verdad a tres semanas de distancia. Tal vez Andrée hubiese creÃdo en ParÃs que era, en efecto, una mentira y que yo la amaba, como lo habrÃa creÃdo seguramente en Balbec, pues la verdad cambia tanto para nosotros, que a los demás les cuesta reconocerse en ella, y, como yo sabÃa que me contarÃa todo lo que hubieran hecho, Albertine y ella, le habÃa yo pedido —y ella habÃa aceptado— venir a buscarla casi todos los dÃas. AsÃ, podrÃa yo permanecer, despreocupado, en casa y aquel prestigio de Andrée de ser una de las muchachas de la pandilla me hacÃa confiar en que obtendrÃa todo lo que yo quisiera de Albertine. La verdad es que entonces habrÃa podido decirle de verdad que era apta para tranquilizarme.