La prisionera

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Por otra parte, mi elección de Andrée —que resultaba estar en París, tras haber renunciado a su proyecto de volver a Balbec— como guía de mi amiga se había debido al deseo de que Albertine me contara el afecto que su amiga había sentido por mí en Balbec, en un momento en el que yo temía, al contrario, aburrirla y, si lo hubiera sabido entonces, tal vez habría sido a Andrée a quien habría amado. «¡Cómo! ¿No lo sabías?», me dijo Albertine. «Pues bromeábamos al respecto entre nosotras. Por lo demás, ¿no notaste que había empezado a adoptar tus maneras de hablar, de razonar? Sobre todo, cuando acababa de dejarte, era palpable. No necesitaba decir si acababa de verte, se veía al primer segundo. Nos mirábamos entre nosotras y nos reíamos. Parecía un carbonero que quiere aparentar que no lo es, estando todo negro. Un molinero no necesita decir que lo es: se ve toda la harina que lleva encima, se ve aún el lugar ocupado por los sacos que ha cargado. Con Andrée ocurría lo mismo, movía las cejas como tú y después su alto cuello: en fin, no sé cómo decirte. Cuando cojo un libro que ha estado en tu alcoba, puedo leerlo fuera, pero, de todos modos, se sabe que procede de tu casa, porque conserva algo de tus inmundas fumigaciones. Es una nadería, no sé qué decirte, pero una nadería que resulta bastante grata. Siempre que alguien había hablado amistosamente de ti y había parecido hacerte mucho caso, Andrée estaba arrobada».


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