La prisionera
La prisionera Sin sentirme enamorado lo más mÃnimo de Albertine, sin hacer figurar entre los placeres los momentos que pasábamos juntos, yo seguÃa preocupado por su empleo del tiempo; cierto es que yo habÃa huido de Balbec para estar seguro de que no verÃa a tal o cual persona con la que pudiera entregarse —temÃa yo— a sus malas inclinaciones, tal vez riéndose de mÃ, que habÃa intentado hábilmente acabar de un solo golpe —con mi partida— con todas aquellas malas relaciones y Albertine tenÃa tal fuerza de pasividad, tal facultad para olvidar y someterse, que aquellas relaciones se habÃan acabado, en efecto, y la fobia que me atormentaba se habÃa curado, pero ésta puede revestir tantas formas como el mal incierto que es su objeto. Mientras mis celos no se habÃan reencarnado en otras personas, habÃa yo tenido, después de mis pasados sufrimientos, un intervalo de calma, pero a una enfermedad crónica el menor pretexto le sirve para renacer, como, por lo demás, al vicio de la persona que es la causa de dichos celos puede servir la menor pasión para ejercerse de nuevo —después de una tregua de castidad— con personas diferentes. Yo habÃa podido separar a Albertine de sus cómplices y con ello exorcizar mis alucinaciones; si bien se podÃa hacer que olvidara a las personas, volver breves sus apegos, su gusto del placer era también crónico y tal vez sólo esperara una ocasión para darle rienda suelta. Ahora bien, ParÃs brinda tantas como Balbec.