La prisionera

La prisionera

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En cualquier ciudad en la que se encontrara, Albertine no necesitaba buscar, pues el mal no estaba en ella sola, sino también en otras para quienes cualquier ocasión de placer es buena. Una mirada de una, en seguida entendida por la otra, acerca a las dos hambrientas y a una mujer hábil le resulta fácil aparentar no ver y cinco minutos después dirigirse hacia esa persona, que ha entendido y la ha esperado en una calle transversal, y con dos palabras concertar una cita. ¿Quién lo sabrá jamás? Y resultaba muy sencillo a Albertine decirme, para que continuara el asunto, que deseaba volver a ver determinado punto de los alrededores de París que le había gustado. Por eso, bastaba con que volviera demasiado tarde, que su paseo hubiese durado un tiempo inexplicable, aunque tal vez demasiado fácil de explicar sin invocar razón sensual alguna, para que mi mal renaciese, vinculado esa vez a representaciones que no eran de Balbec y que me esforzaría por destruir, como las anteriores, como si la destrucción de una causa efímera pudiera entrañar la de un mal congénito. No me daba yo cuenta de que en aquellas destrucciones, en las que tenía de cómplice —en Albertine— su facultad para cambiar, su capacidad para olvidar, casi para odiar, el objeto reciente de su amor, causaba yo a veces un dolor profundo a tal o cual de esas personas desconocidas con quienes ella había obtenido sucesivamente placer ni de que causaba en vano ese dolor, pues serían abandonadas, pero substituidas, y, paralelamente al camino jalonado por tantos abandonos que ella cometía a la ligera, se seguiría para mí otro despiadado, apenas interrumpido por respiros muy breves; de modo, que, si hubiera reflexionado, mi sufrimiento no podía acabar sino con Albertine o conmigo. Incluso los primeros tiempos de nuestra llegada a París, insatisfecho con las informaciones que Andrée y el conductor me habían brindado sobre los paseos que daban con mi amiga, los alrededores de París me habían parecido tan crueles como los de Balbec y me había marchado unos días de viaje con Albertine, pero la incertidumbre sobre lo que ella hacía era en todas partes la misma, igualmente numerosas las posibilidades de que se tratara de sus malas inclinaciones y aún más difícil la vigilancia, por lo que había vuelto con ella a París. En realidad, al abandonar Balbec, había yo creído abandonar Gomorra, arrancar de ella a Albertine, pero Gomorra estaba —¡ay!— dispersa por los cuatro confines del mundo y, a medias por celos y a medias por ignorancia (caso que resulta muy poco común) de esos gozos, había yo decidido, sin saberlo, aquel juego del escondite en el que Albertine siempre se me escaparía.


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