La prisionera
La prisionera La interrogaba de sopetón: «¡Ah! A propósito, Albertine, ¿estoy soñando? ¿No me habías dicho que conocías a Gilberte Swann?». «Sí, es decir, que me habló en clase, porque tenía los cuadernos de Historia de Francia, estuvo muy amable incluso, me los prestó y yo se los devolví en cuanto la vi». «¿Tiene esas inclinaciones que no me gustan?». «¡Oh, no! Todo lo contrario».
Pero, en lugar de entregarme a ese tipo de charlas investigadoras, yo dedicaba con frecuencia a imaginar el paseo de Albertine las fuerzas que no empleaba para darlo y hablaba a mi amiga con ese entusiasmo que conservan intacto los proyectos no ejecutados. Expresaba tal deseo de ir a ver de nuevo determinada vidriera de la Sainte Chapelle, tal pesar por no poder hacerlo con ella sola, que ella me contestaba con ternura: «Pero, mi amor, puesto que parece gustarte tanto, haz un pequeño esfuerzo, ven con nosotras. Esperaremos todo lo que quieras, aunque sea tarde, hasta que estés listo. Por lo demás, si te divierte más estar solo conmigo, basta con devolver a Andrée a casa, ya vendrá en otra ocasión». Pero aquellos ruegos mismos para que saliera se sumaban a la calma que me permitía permanecer en casa.