La prisionera

La prisionera

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Yo no pensaba en que la apatía que entrañaba descargar, así, en Andrée o en el conductor la tarea de calmar mi agitación dejándolos vigilar a Albertine anquilosaba en mí, volvía inertes, todos esos movimientos imaginativos de la inteligencia, todas esas inspiraciones de la voluntad, que ayudan a adivinar, a impedir, lo que va a hacer una persona. Era tanto más peligroso cuanto que por naturaleza el mundo de las posibilidades me ha resultado siempre más abierto que el de la contingencia real. Ayuda a conocer el alma, pero nos dejamos engañar por los individuos. Mis celos nacían en forma de imágenes, por un sufrimiento, no en virtud de una probabilidad. Ahora bien, en la vida de los hombres y en la de los pueblos puede haber —e iba a haber un día en la mía— un momento en que necesitamos tener dentro un prefecto de policía, un diplomático con ideas claras, un jefe de la seguridad, quien, en lugar de pensar en las posibilidades que encierra el espacio hasta los cuatro puntos cardinales, razona con precisión y se dice: «Si Alemania declara eso, es que se propone hacer tal otra cosa, no algo impreciso, sino muy concretamente esto o aquello, que tal vez ya haya iniciado». «Si determinada persona ha huido, no ha sido hacia las metas a, b, d, sino hacia la meta c y el lugar en el que debemos hacer nuestras pesquisas es… etcétera». Dejé —¡ay!— que esa facultad que no estaba demasiado desarrollada en mí se embotara, perdiera sus fuerzas, despareciese al habituarme a estar tranquilo, en vista de que otros se ocupaban de vigilar por mí. En cuanto a la razón de ese deseo, me habría resultado desagradable decírsela a Albertine. Yo le decía que el médico me ordenaba guardar cama. No era cierto y, aunque lo hubiese sido, sus prescripciones no habrían podido impedirme acompañar a mi amiga. Le pedía que me permitiera no acompañarla a ella y a Andrée. Voy a decir sólo una de las razones, que se debía a la prudencia. En cuanto salía con Albertine, por poco que estuviese un instante sin mí, me sentía inquieto, me figuraba que tal vez hubiese hablado —o simplemente hubiera mirado— a alguien. Si no estaba ella de un humor excelente, yo pensaba que la obligaba a abandonar o aplazar un proyecto. La realidad es siempre un simple punto de partida hacia algo desconocido por cuya vía podemos avanzar muy poco. Vale más no saber, pensar lo menos posible, no brindar a los celos el menor detalle concreto. Lamentablemente, a falta de la vida exterior, la interior propicia también incidentes; a falta de los paseos de Albertine, los azares encontrados en las reflexiones que hacía yo solo me brindaban a veces esos pequeños fragmentos de realidad que atraen hacia sí —al modo de un amante— un poco de lo desconocido que, por esa razón, se vuelve doloroso. De nada sirve vivir bajo el equivalente de una campana neumática, las asociaciones de ideas, los recuerdos, siguen jugando.


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