La prisionera
La prisionera Françoise venÃa a encender el fuego y, para que prendiera, le arrojaba algunas ramitas cuyo olor, olvidado durante todo el verano, describÃa en torno a la chimenea un cÃrculo mágico en el que, al verme a mà mismo leyendo ora en Combray ora en Doncières, me sentÃa tan feliz permaneciendo en mi cuarto de ParÃs como si hubiera estado a punto de salir de paseo por la parte de Méséglise o de volver a ver a Saint-Loup y sus amigos de servicio en maniobras. Con frecuencia ocurre que el placer que sienten todos los hombres al repasar los recuerdos que su memoria ha coleccionado es más intenso, por ejemplo, en aquellos a quienes la tiranÃa del mal fÃsico y la esperanza cotidiana de su curación privan, por una parte, de ir a buscar en la naturaleza cuadros que se parezcan a dichos recuerdos y, por otra, infunden bastante esperanza de que pronto podrán hacerlo, para permanecer respecto de ellos embargados de deseo, de apetito, y no considerarlos sólo como recuerdos, como cuadros, pero, aunque sólo hubieran podido ser eso jamás para mà y aunque hubiese podido yo, al recordarlos, volver a verlos tan sólo, de repente rehacÃan en mÃ, de mà entero, en virtud de una sensación idéntica, al niño, al adolescente, que los habÃa visto. No sólo habÃa habido un cambio de tiempo fuera o una modificación de olores en el cuarto, sino también una diferencia de edad en mÃ, una substitución personal. El olor en el aire helado de las ramitas era como un trozo del pasado, una banquisa invisible separada de un invierno antiguo que se acercaba en mi cuarto, con frecuencia estriada, por lo demás, por determinado perfume, determinado resplandor, como en años diferentes en los que me veÃa sumido de nuevo, invadido, antes incluso de que los hubiera identificado, por el alborozo de esperanzas abandonadas desde hacÃa mucho. El sol llegaba hasta mi cama y atravesaba el tabique transparente de mi cuerpo adelgazado, me calentaba, me ponÃa ardiente como un cristal. Entonces me preguntaba yo —convaleciente hambriento que se alimenta ya con todos los manjares que aún le deniegan— si casarme con Albertine echarÃa a perder mi vida, tanto haciéndome asumir la tarea, demasiado pesada para mÃ, de consagrarme a otra persona como forzándome a vivir ausente de mà mismo con su continua presencia y privándome para siempre de los gozos de la soledad y no sólo de ésos. Aun no pidiendo al dÃa otra cosa que deseos, hay algunos —los provocados no por las cosas, sino por las personas— que se caracterizan por ser individuales. Por eso, si, al levantarme de la cama, iba a apartar un momento la cortina de mi ventana, no era sólo como un músico al abrir por un instante su piano y para comprobar si en el balcón y en la calle estaba la luz del sol en el mismo diapasón exactamente que en mi recuerdo, sino también para divisar a alguna lavandera con delantal azul, a una lechera con peto y mangas de tela blanca que sostenÃa el gancho del que colgaban las garrafas de leche, a alguna niña rubia y orgullosa que seguÃa a su institutriz, una imagen, en una palabra, que las diferencias de lÃneas tal vez cuantitativamente insignificantes bastaban para volver tan distinta de cualquier otra como en una frase musical la diferencia de dos notas y sin cuya visión habrÃa empobrecido mi dÃa, al carecer de los objetivos que podÃa proponer a mis deseos de felicidad, pero, si bien el colmo del gozo brindado por la visión de las mujeres imposibles de imaginar a priori me volvÃa más deseables, más dignos de ser explorados, la calle, la ciudad, el mundo, por esa misma razón me infundÃa el deseo ardiente de curarme, de salir y ser —sin Albertine— libre. ¡Cuántas veces sufrÃ, en el momento en que la mujer desconocida con la que yo iba a soñar pasaba por delante de mi casa —ora a pie ora con toda la velocidad de su automóvil— la imposibilidad de mi cuerpo para seguir a mi mirada, que la alcanzaba y —tras caer sobre ella como lanzado desde el vano de mi ventana por un arcabuz— detener la huida del rostro en el que me esperaba el ofrecimiento de una felicidad que, enclaustrado asÃ, nunca disfrutarÃa!