La prisionera
La prisionera De Albertine, en cambio, ya no tenÃa yo nada que aprender. Todos los dÃas me parecÃa menos hermosa. Sólo el deseo que excitaba en los demás —cuando, al enterarme, empezaba a sufrir y querÃa disputársela— la ponÃa ante mà por las nubes. Era capaz de causarme sufrimiento, en modo alguno alegrÃa. Sólo por el sufrimiento subsistÃa mi aburrido apego. En cuanto desaparecÃa —y con ella el deseo de aplacarla, que requerÃa todo mi esmero, como una distracción atroz— sentÃa yo la nada que era para mÃ, que debÃa yo de ser para ella. Me sentÃa desdichado porque se prolongara aquella situación y a veces deseaba enterarme de algo espantoso que hubiera hecho ella y que hubiese podido —hasta que me hubiera yo curado— malquistarnos, lo que nos permitirÃa reconciliarnos, rehacer —diferente y más flexible— la cadena que nos tenÃa atados. Entretanto, yo encargaba a mil circunstancias, mil placeres, que le procuraran junto a mà la ilusión de esa felicidad que no me sentÃa capaz de darle. Me habrÃa gustado, en cuanto me curara, partir para Venecia, pero ¿cómo iba a hacerlo, si me casaba con Albertine, yo, tan celoso de ella, que, incluso en ParÃs, en cuanto me decidÃa a moverme, era para salir con ella? E incluso cuando me quedaba en casa toda la tarde, mi pensamiento la seguÃa en su paseo, describÃa un horizonte lejano, azulado, engendraba en torno al centro que era yo una zona móvil de incertidumbre y vaguedad. «¡Cómo me evitarÃa Albertine», me decÃa yo, «las angustias de la separación, si, durante uno de aquellos paseos, al ver que yo habÃa dejado de hablarle del matrimonio, se decidÃa a no volver y se marchaba a casa de su tÃa, sin que hubiera tenido que despedirme de ella!». Mi corazón, desde que su herida cicatrizaba, empezaba a dejar de adherirse al de mi amiga; mediante la imaginación podÃa desplazarla, alejarla de mÃ, sin sufrir. Seguramente, a falta de mÃ, cualquier otro serÃa su esposo y ella, libre, tendrÃa tal vez aquellas aventuras que me horrorizaban, pero hacÃa un tiempo tan hermoso, estaba tan seguro de que ella volverÃa por la noche, que, aun cuando me viniera a las mientes aquella idea de sus posibles faltas, no podÃa aprisionarla mediante un acto libre en una parte de mi cerebro, en la que no tenÃa más importancia que los vicios de una persona imaginaria en mi vida real; al poner en movimiento los goznes flexibilizados de mi pensamiento habÃa superado —con una energÃa que sentÃa, en mi cabeza, a la vez fÃsica y mental: como un movimiento muscular y una iniciativa espiritual— el estado de preocupación habitual en que me habÃa visto confinado hasta entonces y empezaba a moverme al aire libre, desde donde sacrificarlo todo para impedir el matrimonio de Albertine con otro y poner obstáculos a su gusto por las mujeres parecÃa tan poco razonable para mà mismo como para alguien que no la hubiera conocido. Por lo demás, los celos son una de esas enfermedades intermitentes cuya causa es caprichosa, imperativa, siempre idéntica en el mismo enfermo, a veces enteramente distinta en otro. Hay asmáticos que sólo calman su ataque abriendo las ventanas, respirando el viento fuerte, un aire preso en las alturas, otros refugiándose en el centro de la ciudad, en una habitación ahumada. No hay celoso cuyos celos no admitan ciertas derogaciones: uno consiente ser engañado con tal de que se lo digan, otro con tal de que se lo oculten, en lo que uno no es menos absurdo que el otro, pues, si bien el segundo es engañado más verdaderamente, en el sentido de que le ocultan la verdad, el primero reclama en esa verdad el alimento, la extensión, la renovación de sus sufrimientos.