La prisionera
La prisionera Más aún: esas dos manÃas inversas de los celos superan con frecuencia las palabras, ya imploren o nieguen las confidencias. Vemos a celosos que sólo lo están de hombres con quienes su amante tiene relaciones lejos de ellos, pero permiten que se entregue a otro hombre, si es con su autorización, cerca de ellos y, ya que no delante de su vista incluso, al menos bajo su techo. Ese caso es bastante frecuente entre los hombres de edad enamorados de una joven. Notan la dificultad para gustarle, a veces la impotencia para satisfacerla, y, antes que verse engañados, prefieren dejar que acuda a su casa, en un cuarto contiguo, alguien a quien no consideran capaz de darle malos consejos, pero sà placer. En el caso de otros, sucede todo lo contrario: al no dejar a su amante salir sola ni un minuto por una ciudad que conocen, al mantenerla en una auténtica esclavitud, le conceden permiso para marcharse durante un mes a un paÃs que no conocen, porque no pueden imaginarse lo que hará en él. Yo tenÃa para con Albertine esas dos clases de manÃa calmante. No me habrÃa sentido celoso, si ella hubiera disfrutado de placeres cerca de mÃ, alentados por mÃ, que habrÃa mantenido enteramente bajo mi vigilancia, con lo que me habrÃa evitado el miedo de la mentira; tampoco lo habrÃa estado tal vez, si se hubiera marchado a un paÃs bastante desconocido para mà y alejado para que no pudiese yo imaginar ni tener la posibilidad y la tentación de conocer su estilo de vida. En los dos casos la duda habrÃa sido suprimida por un conocimiento o una ignorancia igualmente completos.