La prisionera
La prisionera Como el declinar del día volvía a sumirme, gracias al recuerdo, en una atmósfera antigua y fresca, la respiraba con las mismas delicias que Orfeo el aire sutil, desconocido en esta Tierra, de los Campos Elíseos, pero ya se acababa el día y me invadía la desolación del anochecer. Al comprobar maquinalmente en el reloj de péndulo cuántas horas pasarían antes de que Albertine regresara, vi que disponía aún de tiempo para vestirme y bajar a pedir a mi propietaria, la Sra. de Guermantes, indicaciones sobre ciertos artículos de tocador que quería regalar a mi amiga. A veces me encontraba en el patio a la duquesa, que salía a hacer recados a pie, aun cuando hiciera mal tiempo, con un sombrero plano y un abrigo de piel. Yo sabía perfectamente que para muchas personas inteligentes no era otra cosa que una señora cualquiera, pues, ahora que ya no hay ducados ni principados, el título de duquesa de Guermantes nada significa, pero había adoptado otro punto de vista en mi forma de disfrutar con las personas y los países. Me parecía que llevaba —aquella dama con abrigo de piel que desafiaba el mal tiempo— todos los castillos de las tierras de las que era duquesa, princesa, vizcondesa, así como los personajes esculpidos en el dintel de un pórtico sostienen en la mano la catedral que construyeron o la ciudadela que defendieron, pero sólo los ojos de mi mente podían ver aquellos castillos, aquellos bosques en la mano enguantada de la señora con abrigo de piel, prima del Rey. Los de mi cuerpo no distinguían en ella —los días en que el tiempo amenazaba— otra cosa que un paraguas con el que la duquesa no temía armarse. «Nunca se sabe, es más prudente: si me encuentro muy lejos y un coche me pide un precio demasiado caro para mí». Las expresiones «demasiado caro», «superar mis posibles» reaparecían todo el tiempo en la conversación de la duquesa, como también «soy demasiado pobre», sin que se pudiera discernir bien si hablaba así porque le parecía divertido decir que era pobre, siendo tan rica, o porque consideraba elegante —siendo tan aristocrática, es decir, al aparentar ser una campesina— no atribuir a la riqueza la importancia de las personas que son simplemente ricas y desprecian a los pobres. Tal vez fuera más bien una costumbre contraída en una época de su vida en la que, siendo ya rica, pero, aun así, no lo suficiente, en vista de lo que costaba el mantenimiento de tantas propiedades, tuviese algún apuro económico y no quisiera parecer que disimulaba. Por lo general, las cosas de las que con más frecuencia se habla bromeando son, al contrario, las que preocupan, pero con las que no queremos parecer preocupados, tal vez con la esperanza no confesada de contar con la ventaja suplementaria de que precisamente la persona con quien hablamos, al oírnos bromear al respecto, crea que no es verdad.