La prisionera
La prisionera Pero la mayoría de las veces sabía que a aquella hora encontraría a la duquesa en su casa y me alegraba de ello, pues era más cómodo para pedirle por extenso las informaciones deseadas por Albertine, y bajaba sin pensar casi en lo extraordinario de que tan sólo fuera a la casa de aquella misteriosa duquesa de Guermantes de mi infancia a fin de utilizarla para una simple comodidad práctica, como se hace con el teléfono, instrumento sobrenatural ante cuyos milagros nos maravillábamos en tiempos y ahora usamos, sin siquiera pensarlo, para mandar venir al sastre o encargar un helado.