La prisionera

La prisionera

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Las chucherías de adorno daban mucho placer a Albertine. Yo no sabía negarme a darle uno nuevo todos los días y siempre que ella me había hablado con arrobo de un chal, una estola, una sombrilla, que por la ventana o al pasar por el patio había visto —con sus ojos, que distinguían al instante todo lo relativo a la elegancia— en el cuello, los hombros, la mano de la Sra. de Guermantes y sabiendo que el gusto naturalmente difícil de la muchacha, aguzado aún más por las lecciones de elegancia que le había brindado la conversación de Elstir, en modo alguno se sentiría satisfecho por una simple aproximación, aun de algo bonito, que lo substituyera a juicio del vulgo, pero difiriese enteramente, iba en secreto a que la duquesa me explicara dónde, cómo, con qué modelo, habían confeccionado lo que había gustado a Albertine, qué debía yo hacer para obtener exactamente eso, en qué consistía el secreto del artífice, el encanto —lo que Albertine llamaba «el tono», «el estilo»— de su hacer, el nombre preciso —pues la belleza de la materia tiene su importancia— y la calidad de las telas que debía encargar.






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