La prisionera
La prisionera Cuando, a nuestra llegada a Balbec, habÃa yo dicho a Albertine que la duquesa de Guermantes vivÃa enfrente de nosotros, en el mismo palacete, ella habÃa adoptado —al oÃr tÃtulo y nombre tan distinguidos— aquella expresión —más que indiferente, hostil, desdeñosa— que es la señal del deseo impotente en los caracteres orgullosos y apasionados. Por mucho que el de Albertine fuera magnÃfico, las cualidades que encerraba sólo podÃan desarrollarse en medio de esas trabas que son nuestros gustos o de ese duelo por aquellos a los que nos hemos visto obligados a renunciar —como en el caso de Albertine el esnobismo—: los que reciben el nombre de odios. El de Albertine para con las personas de mundo ocupaba, por lo demás, poco lugar en ella y me gustaba por su faceta de espÃritu revolucionario —es decir, amor desgraciado de la nobleza— inscrito en la cara opuesta del carácter francés, en el que figura el tipo aristocrático de la Sra. de Guermantes. Ese tipo aristocrático a Albertine —por imposibilidad de alcanzarlo— tal vez no le habrÃa interesado, pero, al recordar que Elstir le habÃa hablado de la duquesa como de la mujer de ParÃs que mejor se vestÃa, el desdén republicano para con una duquesa quedó substituido en mi amiga por el vivo interés por una elegante. Con frecuencia me pedÃa informaciones sobre la Sra. de Guermantes y le gustaba que yo fuera a buscar en casa de la duquesa consejos para ella sobre el vestuario. Seguramente habrÃa podido yo pedÃrselos a la Sra. Swann e incluso le escribà una vez al respecto, pero la Sra. de Guermantes me parecÃa extremar aún más el arte de vestirse. Si, al bajar un momento a su casa, tras haberme asegurado de que no habÃa salido y haber pedido que me avisaran en cuanto Albertine hubiera regresado, me encontraba a la duquesa nublada con la bruma de un vestido de crespón de China gris, aceptaba aquel aspecto, debido —lo sentÃa yo— a causas complejas y que no se habrÃa podido cambiar, me dejaba invadir por la atmósfera que desprendÃa, como el fin de ciertas tardes enguatadas en gris perla por una niebla vaporosa; si, al contrario, la bata era china con llamas amarillas y rojas, yo la contemplaba como una puesta de sol que se enciende; aquella vestimenta no era un decorado cualquiera, substituible a voluntad, sino una realidad dada y poética como la del tiempo que hace, como la luz especial de cierta hora.