La prisionera

La prisionera

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Toda la savia local que hay en las antiguas familias aristocráticas no basta, es necesario que nazca en ellas un ser lo bastante inteligente para no desdeñarla, para no borrarla bajo el barniz mundano. La Sra. de Guermantes, pese a ser, por desgracia, ingeniosa y parisina y a no conservar, cuando la conocí, de su terruño otra cosa que el acento, había logrado al menos, cuando quería describir su vida de niña, para su lenguaje uno de esos términos medios —entre lo que habría parecido demasiado involuntariamente provinciano o, al contrario, artificialmente letrado— a los que deben su atractivo La pequeña Fadette de George Sand o ciertas leyendas transmitidas por Chateaubriand en las Memorias de ultratumba. Lo que a mí me daba placer sobre todo era oírla contar alguna historia en la que aparecían campesinos con ella. Los nombres antiguos, las antiguas costumbres, hacían que esos paralelismos entre el castillo y la aldea resultaran bastante sabrosos. Cierta aristocracia, al permanecer en contacto con las tierras en las que era soberana, sigue siendo regional, por lo que las palabras más sencillas hacen desplegarse ante nosotros todo un mapa histórico y geográfico de la historia de Francia.





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