La prisionera
La prisionera Lo extraordinario es que de aquella velada —al fin y al cabo no tan antigua— la Sra. de Guermantes sólo recordara su atuendo y hubiera olvidado algo que, sin embargo, deberÃa —como veremos— haberle interesado mucho. Parece que en las personas de acción —y las de la alta sociedad lo son: minúsculas, microscópicas, pero, en fin, personas de acción— la mente, agotada por tener puesta la atención en lo que ocurrirá dentro de una hora, confÃa muy poco a la memoria. Con mucha frecuencia, por ejemplo, no era por dar el pego y parecer no haberse equivocado por lo que el Sr. de Norpois, cuando se le hablaba de pronósticos que habÃa emitido respecto de una alianza alemana que ni siquiera habÃa llegado a materializarse, decÃa: «Debe de estar usted en un error, no lo recuerdo en absoluto, eso no parece cosa mÃa, pues en esa clase de conversaciones me muestro siempre muy lacónico y nunca habrÃa predicho el éxito de una de esas hazañas que con frecuencia son simples cabezonadas y suelen degenerar en abuso de autoridad. Resulta innegable que en un futuro lejano se podrÃa hacer un acercamiento francoalemán, que serÃa muy provechoso para los dos paÃses y del que Francia no saldrÃa perjudicada, creo yo, pero nunca he hablado de ello, porque la pera no está aún madura y, si quiere usted que le dé mi opinión, al pedir a nuestros antiguos enemigos que se desposen con nosotros en justas nupcias, creo que irÃamos derechos a un gran fracaso y lo único que conseguirÃamos serÃan malas jugadas». Al decir eso, el Sr. de Norpois no mentÃa, habÃa olvidado simplemente. Por lo demás, olvidamos muy pronto lo que no hemos pensado a fondo, lo que nos ha dictado la imitación, las pasiones circundantes. Éstas cambian y con ellas se modifica nuestro recuerdo. Más aún que los diplomáticos, los polÃticos no recuerdan el punto de vista en el que se situaron en determinado momento y algunas de sus palinodias se deben menos a un exceso de ambición que a una falta de memoria. En cuanto a la gente de mundo, recuerda poco.