La prisionera

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«¿Recuerda usted, señora mía», dije, «la primera vez en que estuvo usted amable conmigo?». «La primera vez en que estuve amable con él», repitió riendo y mirando al Sr. de Bréauté, a quien se le afinaba la punta de la nariz y se le enternecía la sonrisa por cortesía para con la Sra. de Guermantes y cuya voz de cuchillo en pleno afilado emitió algunos sonidos imprecisos y herrumbrosos. «Llevaba usted un vestido amarillo con grandes flores negras». «Pero, querido, es lo mismo: son vestidos de noche». «¡Y el sombrero de acianos que tanto me gustó! Pero, en fin, todo eso es retrospectivo. Me gustaría encargar para esa muchacha un abrigo de piel como el que llevaba usted ayer por la mañana. ¿Sería posible para mí verlo?». «No, Hannibal tiene que marcharse dentro de un instante. Venga conmigo y mi doncella le enseñará todo eso. Sólo, que no tengo inconveniente en prestarle todo lo que quiera, pero, querido, si encarga usted atuendos de Callot, de Doucet, de Paquin a humildes costureras, nunca será lo mismo». «Pero si no quiero en modo alguno ir a encargarlo a una humilde costurera, sé perfectamente que no será lo mismo, pero me interesaría comprender por qué no». «Pero sabe usted perfectamente que yo no sé explicarme, soy tonta de remate, hablo como una campesina. Es una cuestión de habilidad manual, de maña; en el caso de los abrigos de piel, puedo al menos darle una nota para mi peletero, que no le robará, pero ya sabe que, aun así, le costará ocho o nueve mil francos». «¿Y esa bata, oscura, vellosa, moteada, estriada de oro, como un ala de mariposa, que llevaba usted la otra noche y que huele tan mal?». «¡Ah! Ésa es una bata de Fortuny. Esa muchacha de usted puede perfectamente ponerse eso en casa. Tengo muchas, voy a enseñárselas, puedo regalarle alguna incluso, si le hace ilusión, pero sobre todo me gustaría que viera usted la de mi prima Talleyrand. Tengo que escribirle para que me la preste». «Pero llevaba usted también unos zapatos muy bonitos, ¿eran también de Fortuny?». «No, ya sé a lo que se refiere usted: es cabritilla dorada que encontramos en Londres, estando de compras con Consuelo de Manchester. Era extraordinaria. Nunca he entendido cómo podía ser dorada, parecía una piel de oro. No hay nada como eso, con un diamantito en el centro. La pobre duquesa de Manchester murió, pero, si le hace ilusión, escribiré a la Sra. de Warwick o a la Sra. Marborough para intentar encontrar otras iguales. Me pregunto incluso si no tengo aún piel de ésa. Tal vez se podría encargar aquí. Miraré esta noche, ya se lo diré».


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