La prisionera
La prisionera Como yo intentaba, en la medida de lo posible, despedirme de la duquesa antes de que Albertine hubiera regresado, con frecuencia, por la hora, me encontraba en el patio, al salir de la casa de la Sra. de Guermantes, al Sr. de Charlus y a Morel, que iban a tomar el té en casa de… Jupien, ¡favor supremo para el barón! No me los cruzaba todos los días, pero iban todos los días. Por lo demás, resulta digno de mención que la constancia de una costumbre suele estar en relación con su carácter absurdo. Por lo general se suelen hacer las cosas clamorosas con intermitencias, pero las vidas insensatas, en las que el maníaco se priva a sí mismo de todos los placeres y se inflige los mayores males, son las que menos cambian. Si hubiéramos tenido la curiosidad, cada diez años encontraríamos al desdichado durmiendo a horas en las que podría vivir, saliendo a horas en las que no se puede hacer otra cosa que dejarse asesinar por la calle, tomando bebidas heladas cuando tiene calor, siempre curándose un constipado. Bastaría un pequeño arranque enérgico, un solo día, para cambiar todo eso de una vez por todas, pero precisamente esas vidas suelen ser privativas de personas carentes de energía. Los vicios son otro aspecto de esas existencias monótonas que la voluntad bastaría para volver menos atroces. Cuando el Sr. de Charlus iba todos los días, junto con Morel, a tomar el té en casa de Jupien, se podían tener en cuenta los dos aspectos. Una sola borrasca había ensombrecido aquella costumbre cotidiana. La sobrina del chalequero había dicho un día a Morel: «Sí, muy bien, venga mañana y le pagaré el té»; el barón había considerado —y con motivo— aquella expresión muy vulgar tratándose de una persona a la que pensaba casi aceptar como nuera, pero, como le gustaba herir y se embriagaba con su propia cólera, en lugar de rogar simplemente a Morel que diese una lección de elegancia al respecto, todo el regreso había sido una serie de escenas violentas. Con el tono más insolente, más orgulloso, había dicho: «Entonces, ¿el “toqueteo”, que, como se ve, no va forzosamente unido al “tacto”, ha impedido en ti el desarrollo normal del olfato, ya que has tolerado que esa fétida expresión de pagar el té —unos quince céntimos, supongo— hiciera subir su olor a desagüe hasta las regias ventanas de mi nariz? Cuando has acabado un solo de violín, ¿has visto alguna vez que en mi casa te recompensaran con un pedo, en lugar de un aplauso frenético o un silencio más elocuente aún, porque nace del miedo a no poder retener —no lo que tu prometida nos prodiga precisamente, sino— el sollozo que has hecho salir hasta el borde de los labios?».