La prisionera
La prisionera Por lo demás, no era demasiado frecuente que me encontrara yo con el Sr. de Charlus y Morel. A menudo ya habían entrado en la tienda de Jupien, cuando yo me despedía de la duquesa, pues el placer que sentía yo junto a ella era tal, que llegaba a olvidar, gracias a él, no sólo la espera ansiosa que precedía al regreso de Albertine, sino también la propia hora en que sucedería. Voy a destacar —de entre los días en que me entretenía en casa de la Sra. de Guermantes— uno que quedó marcado por un pequeño incidente cuyo cruel significado se me escapó por completo y no lo comprendí hasta mucho después. Al final de aquella tarde, la Sra. de Guermantes me había regalado, porque sabía que me gustaban, unas celindas procedentes del sur de Francia. Cuando, tras despedirme de la duquesa, volví a subir a mi casa, ya había regresado Albertine y me crucé en la escalera con Andrée, a quien el penetrante olor de las flores que le llevaba pareció incomodar.