La prisionera

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AsĂ­, al final de su estancia en Balbec, habĂ­a perdido —no sĂ© en qué— todo su dinero y, por no haberse atrevido a decĂ­rselo al Sr. de Charlus, buscaba a alguien a quien pedirlo. HabĂ­a aprendido de su padre —quien, pese a ello, le habĂ­a prohibido que se volviera jamás un «sablista»— que en un caso semejante conviene escribir a la persona a la que se desea dirigirse que «se necesita hablar con ella de negocios», que «conceda una cita de negocios». Esa fĂłrmula mágica encantaba tanto a Morel, que habrĂ­a deseado —creo yo— perder dinero sĂłlo por sentir el gusto de pedir una cita «de negocios». Más adelante en su vida, habĂ­a visto que la fĂłrmula no tenĂ­a toda la virtud que Ă©l pensaba. HabĂ­a comprobado que personas a quienes, de lo contrario, Ă©l mismo nunca habrĂ­a escrito no habĂ­an respondido cinco minutos despuĂ©s de haber recibido la carta «para hablar de negocios». Si pasaba la tarde sin que hubiera recibido repuesta, no se le ocurrĂ­a a Morel que, aun en el mejor de los casos, el señor solicitado tal vez no hubiese vuelto a su casa, podĂ­a haber tenido otras cartas que escribir, si es que no habĂ­a salido de viaje o habĂ­a caĂ­do enfermo, etcĂ©tera. Si, por una fortuna extraordinaria, Morel recibĂ­a una cita para la mañana siguiente, abordaba al solicitado con estas palabras: «Precisamente me extrañaba no haber tenido respuesta, me preguntaba si habrĂ­a pasado algo; entonces, ÂżquĂ©? ÂżSigue bien la salud?, etcĂ©tera». El caso es que en Balbec —y sin decirme que debĂ­a hablar con Ă©l de un «negocio»— me habĂ­a pedido que le presentara a ese mismo Bloch con el que se habĂ­a mostrado tan desagradable una semana antes en el tren-tranvĂ­a. Bloch no habĂ­a vacilado a la hora de prestarle —o, mejor dicho, lograr que el Sr. Nissim Bernard le prestara— cinco mil francos. Desde entonces Morel adoraba a Bloch. Se preguntaba, con lágrimas en los ojos, cĂłmo podrĂ­a ser Ăştil a alguien que le habĂ­a salvado la vida. Al final, yo me encarguĂ© de pedir para Morel mil francos al mes al Sr. de Charlus, dinero que entregarĂ­a al instante a Bloch, con lo que Ă©ste cobrarĂ­a toda la deuda con bastante rapidez. El primer mes, Morel, aĂşn impresionado por la bondad de Bloch, le enviĂł inmediatamente los mil francos, pero despuĂ©s seguramente le pareciĂł que podrĂ­a ser agradable un empleo diferente de los cuatro mil francos que faltaban, pues empezĂł a hablar muy mal de Bloch. Ya sĂłlo verlo le inspiraba los pensamientos más negros y, como el propio Bloch habĂ­a olvidado exactamente lo que habĂ­a prestado a Morel y le habĂ­a reclamado tres mil quinientos francos, en lugar de cuatro mil, con lo que el violinista habrĂ­a ganado quinientos francos, Ă©ste tuvo a bien responder que, en vista de aquella falsedad, no sĂłlo no pagarĂ­a ni un cĂ©ntimo más, sino que, además, su prestador debĂ­a considerarse muy afortunado de que no presentara una denuncia contra Ă©l. Al decirlo, los ojos le llameaban. Por lo demás, no se contentĂł con decir que Bloch y el Sr. Nissim Bernard no tenĂ­an motivo para guardarle rencor, sino que no tardĂł en añadir que debĂ­an declararse afortunados de que no lo hiciera Ă©l. Por Ăşltimo, como el Sr. Nissim Bernard habĂ­a declarado, al parecer, que Thibaud tocaba tan bien como Morel, Ă©ste considerĂł que debĂ­a entablar una acciĂłn judicial contra Ă©l, pues semejante afirmaciĂłn perjudicaba a su reputaciĂłn profesional y despuĂ©s, como ya no hay justicia en Francia, sobre todo contra los judĂ­os (al haber sido el antisemitismo en Morel el efecto natural del prĂ©stamo de cinco mil francos por parte de un israelita), ya no saliĂł más de casa sin un revĂłlver cargado. Semejante estado nervioso posterior a una intensa ternura no iba a tardar en producirse en Morel respecto de la sobrina del chalequero. Es cierto que el Sr. de Charlus tal vez tuviera algo que ver, sin sospecharlo, en aquel cambio, pues con frecuencia declaraba, sin pensar ni una sola de sus palabras, y para pincharlos, que, una vez casados, no volverĂ­a a verlos y los dejarĂ­a volar con sus propias alas. Esa idea era en sĂ­ absolutamente insuficiente para separar a Morel de la muchacha y, tras permanecer en la cabeza de Ă©ste, estaba lista para combinarse con otras afines a ella y aptas —una vez realizada la mezcla— para llegar a ser un poderoso agente de ruptura.


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