La prisionera

La prisionera

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Como tal vez recuerde el lector, Morel había dicho tiempo atrás que deseaba seducir a una joven, en particular a aquélla, y que para lograrlo le prometería el matrimonio, pero, una vez consumada la violación, «se largaría con viento fresco», pero el Sr. de Charlus —ante las confesiones de amor por la sobrina de Jupien que Morel le había hecho— lo había olvidado. Más aún: tal vez le sucediera lo mismo a Morel. Tal vez hubiese un intervalo verdadero entre el carácter de Morel, tal como lo había confesado cínicamente —quizás hábilmente exagerado incluso— y el momento en que recuperara su potestad. Al relacionarse más con la muchacha, ésta le había gustado, la amaba. Se conocía tan poco a sí mismo, que seguramente se imaginaba amarla, tal vez incluso para siempre. Cierto es que su primer deseo inicial, su proyecto criminal, subsistían, pero cubiertos por tantos sentimientos superpuestos, que no hay razones para considerar insincero al violinista cuando decía que aquel deseo vicioso no era el móvil verdadero de su acto. Por lo demás, hubo un período de corta duración en el que, sin reconocerlo exactamente ante sí mismo, aquel matrimonio le pareció necesario. En aquel momento, Morel tenía calambres bastante fuertes en la mano y se veía obligado a pensar en la posibilidad de tener que abandonar el violín. Como —salvo para su arte— era de una pereza incomprensible, se le imponía la necesidad de ser mantenido por alguien y para ello prefería a la sobrina de Jupien antes que al Sr. de Charlus, pues esa combinación le brindaba mayor libertad y también un gran surtido de mujeres diferentes: tanto entre las aprendices, siempre nuevas, de cuya corrupción para él encargaría a la sobrina de Jupien, como entre las hermosas señoras ricas para las cuales la prostituiría. Que su futura esposa pudiera negarse a condescender a esas complacencias y fuese perversa hasta ese punto no entraba ni por un instante en los cálculos de Morel. Por lo demás, una vez que cesaron los calambres, pasaron a segundo plano, cedieron su lugar al amor puro. Bastaría el violín, junto con las pagas del Sr. de Charlus, cuyas exigencias disminuirían, seguro, una vez que él, Morel, se hubiese casado con la muchacha. El matrimonio era lo que urgía, por su amor y por el interés de su libertad. Fue a pedir la mano de la sobrina de Jupien, quien consultó a ésta. La verdad es que no era necesario. La pasión de la joven por el violinista se derramaba a su alrededor, como la melena, cuando se la soltaba, como la alegría que sus miradas reflejaban. En Morel casi todo lo que le resultaba agradable o provechoso despertaba emociones morales y palabras del mismo tipo, a veces lágrimas incluso. Así, pues, sinceramente —si semejante palabra se le puede aplicar— pronunciaba ante la sobrina de Jupien discursos tan sentimentales —sentimentales son también los que tantos jóvenes nobles que no desean hacer nada en la vida pronuncian ante una encantadora hija de burgueses riquísimos— como de una bajeza sin disimulo eran las teorías que había expuesto al Sr. de Charlus a propósito de la seducción, de la desfloración. Sólo, que en Morel el entusiasmo virtuoso para con una persona que le daba placer y los compromisos solemnes que contraían con ella tenían una contrapartida. En cuanto la persona dejaba de darle placer o incluso, si, por ejemplo, la obligación de afrontar las promesas hechas le causaba desagrado, pasaba a ser objeto por parte de Morel de una antipatía que éste justificaba ante sí mismo y que, tras algunos trastornos neurasténicos, le permitía demostrarse a sí mismo, una vez reconquistada la euforia de su sistema nervioso, que estaba —aun considerando el asunto desde un punto de vista puramente virtuoso— eximido de cualquier obligación.


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