La prisionera
La prisionera Entre las razones que hacÃan desear al Sr. de Charlus el matrimonio de los dos jóvenes, figuraba la de que la sobrina de Jupien serÃa en cierto modo una extensión de la personalidad de Morel y, por tanto, a la vez del poder y del conocimiento que el barón tenÃa de él. Al Sr. de Charlus no se le habrÃa ocurrido ni por un segundo la idea de sentir escrúpulos por «engañar» —en el sentido conyugal— a la futura esposa del violinista, pero —al tener un «joven matrimonio» al que guiar y sentirse el protector temido y todopoderoso de la esposa, quien, por considerar al barón como un dios, demostrarÃa que su querido Morel le habÃa inculcado esa idea, que entrañarÃa, asÃ, algo de él— varió el tipo de denominación del Sr. de Charlus y nació en su «objeto» Morel otra persona más, el esposo, es decir, que se le brindó algo más, nuevo, curioso que amar en él. Tal vez esa dominación pasarÃa a ser mayor incluso de lo que habÃa sido jamás, pues, mientras que Morel solo, desnudo, por decirlo asÃ, oponÃa a menudo resistencia al barón, a quien se sentÃa seguro de reconquistar, una vez casado, temerÃa en seguida más por su hogar, su piso, su futuro, ofrecerÃa a la voluntad del Sr. de Charlus más margen y asidero. Todo aquello e incluso, en caso necesario, promover, las noches en que se aburriera, la guerra entre los esposos —pues el barón nunca habÃa detestado los cuadros de batallas— gustaba al Sr. de Charlus, menos, sin embargo, que pensar en la dependencia de él en que vivirÃa el joven matrimonio. El amor del Sr. de Charlus por Morel adquirÃa un delicioso carácter nuevo, cuando pensaba: «También su mujer será mÃa, mientras él lo sea, procurarán no disgustarme, obedecerán a mis caprichos y, asÃ, ella será una señal —hasta ahora desconocida para m× de lo que ya casi habÃa olvidado y que es tan caro a mi corazón: que para todo el mundo, para quienes me vean protegerlos, alojarlos, para mà mismo, Morel es mÃo». Esa evidencia ante los otros y ante los suyos alegraba al Sr. de Charlus más que todo lo demás, pues la posesión de lo que amamos es un gozo mayor aún que el amor. Con mucha frecuencia quienes ocultan a todos esa posesión lo hacen tan sólo por miedo a que les quiten el objeto querido y su felicidad resulta disminuida por esa prudencia que los obliga a callar.