La prisionera
La prisionera ¡Cómo! ¿Que el Sr. de Charlus, en vano esperado todos los días del año por tantos embajadores y duquesas y que no cenaba con el príncipe de Croy para no tener que cederle el paso, pasaba en casa de la sobrina de un chalequero todo el tiempo que substraía a aquellas grandes señoras, a aquellos grandes señores? Para empezar, Morel —razón suprema— estaba allí. Si no hubiera estado, yo no veo inverosimilitud alguna, a no ser que lo juzguéis como un mensajero de Aimé. Los camareros de restaurante se pintan solos para creer que un hombre excesivamente rico siempre viste con ropa nueva y de punta en blanco y que un señor de lo más elegante da cenas de sesenta cubiertos y sólo se desplaza en automóvil. Se equivocan. Con mucha frecuencia, un hombre excesivamente rico lleva siempre una chaqueta raída. Un señor de lo más distinguido es alguien que sólo congenia en el restaurante con los empleados y, al regresar a su casa, juega a las cartas con sus sirvientes, lo que no quita para que se niegue a pasar tras el príncipe de Murat.