La prisionera

La prisionera

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Me despedí de Andrée. Al primer toque, Albertine vino a abrir, lo que resultó bastante complicado, porque, como Françoise había bajado, Albertine no sabía cómo dar la luz. Por fin pudo abrirme, pero las flores de celinda la ahuyentaron. Las dejé en la cocina, con lo que mi amiga, tras interrumpir su carta (no comprendí yo por qué), tuvo tiempo de ir a mi habitación, desde donde me llamó, y tumbarse en mi cama. Una vez más, en aquel mismo momento todo aquello me pareció de lo más natural, un poco confuso, si acaso y, en cualquier caso, insignificante. Había estado a punto de ser sorprendida con Andrée y se había concedido un poco de tiempo apagando todas las luces, yendo a mi habitación para que no viera yo su cama deshecha y había fingido estar escribiendo, pero más adelante veremos todo eso, que nunca supe yo si era cierto.

Salvo aquel único incidente, todo transcurría normalmente cuando yo volvía a subir de casa de la duquesa. Como Albertine no sabía si desearía yo salir con ella antes de la cena, por lo general me encontraba en la antecámara su sombrero, su abrigo y su sombrilla, que había dejado de cualquier modo. En cuanto los veía, al entrar, la atmósfera de la casa se volvía respirable. Sentía que, en lugar de un aire enrarecido, la llenaba la felicidad. Me había salvado de mi tristeza, la vista de aquellas cositas me hacía poseer a Albertine y corría hasta ella.


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