La prisionera
La prisionera Los dÃas en que no bajaba yo a casa de la Sra. de Guermantes, para que el tiempo me pareciera menos largo, durante esa hora que precedÃa al regreso de mi amiga, me ponÃa a hojear un álbum de Elstir, un libro de Bergotte.
Entonces —como las obras mismas que parecen dirigirse sólo a la vista y al oÃdo exigen que, para gustarlas, nuestra inteligencia despierta colabore estrechamente con esos dos sentidos— yo hacÃa salir de mÃ, sin sospecharlo, los sueños que Albertine habÃa suscitado ya cuando aún no la conocÃa y que la vida cotidiana habÃa apagado. Los arrojaba a la frase del músico o a la imagen del pintor como a un crisol y con ellos alimentaba la obra que estaba leyendo y seguramente ésta me parecÃa, por esa razón, más brillante, pero Albertine no ganaba menos al ser transportada asà de uno de los dos mundos a los que tenemos acceso y en los que podemos situar sucesivamente un mismo objeto, al escapar asà a la agobiante presión de la materia para ventilarse en los fluidos espacios del pensamiento. De pronto, y por un instante, podÃa experimentar yo por aquella fastidiosa muchacha sentimientos ardientes. En aquel momento tenÃa la apariencia de una obra de Elstir o de Bergotte y yo experimentaba una exaltación momentánea por ella, al verla con la distancia de la imaginación y del arte.