La prisionera

La prisionera

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No tardaban en avisarme de que acababa de regresar; ahora bien, tenían la orden de no pronunciar su nombre, si no estaba yo solo, si estaba, conmigo, por ejemplo, Bloch, a quien obligaba yo a permanecer un instante más para no arriesgarme a que se encontrara con mi amiga, pues yo le había ocultado que ella vivía en casa e incluso que la recibiera yo jamás en mi casa, por el miedo cerval que tenía a que uno de mis amigos se enamoriscara de ella y la esperase fuera o a que, al encontrarse por un instante en el pasillo o en la antecámara, pudiese ella hacer una señal o conceder una cita. Después oía el rumor de la falda de Albertine al dirigirse a su alcoba, pues, por discreción y seguramente también por los miramientos mediante los cuales en tiempos se las había ingeniado —en nuestras cenas en La Raspelière— para que yo no estuviera celoso, no venía a la mía, al saber que no estaba solo, pero no era sólo por eso, lo comprendí de pronto. Recordaba que había conocido a una primera Albertine y después, bruscamente, se había convertido en otra, la actual. Y al único al que podía considerar responsable del cambio era a mí. Todo cuanto me habría confesado fácilmente y después de buen grado, cuando éramos buenos amigos, había dejado de esparcirse, desde el momento en que había creído que yo la amaba o, tal vez sin llamarlo amor, había adivinado un sentimiento inquisitorial que quiere saber, pese a sufrir por saber, e intenta averiguar más. Desde aquel día me lo había ocultado todo. Si pensaba que yo estaba —no ya, con frecuencia, con una amiga, sino— con un amigo, se apartaba de mi habitación, ella, cuyos ojos se interesaban en tiempos tan vivamente cuando yo hablaba de una muchacha: «Hay que procurar que venga, me divertiría conocerla». «Pero es de las que tienen, como tú dices, malas inclinaciones». «Precisamente por eso será mucho más divertido». En aquel momento tal vez habría podido yo saberlo todo e incluso, cuando en el pequeño casino había separado sus senos de los de Andrée, no creo que fuera por mi presencia, sino por la de Cottard, quien podía hacerle granjearse mala reputación, y, sin embargo, ya entonces había empezado a paralizarse, habían dejado de salir de sus labios palabras confiadas, sus gestos eran reservados. Después había apartado de sí todo lo que habría podido alterarme. Atribuía a las partes de su vida que yo no conocía un carácter del que mi ignorancia se hacía cómplice para acentuar lo que tenía de inofensivo y ahora la transformación estaba consumada: si yo no estaba solo, se iba derecha a su habitación, no sólo para no molestar, sino también para mostrarme que los demás le resultaban indiferentes. Había una sola cosa que ya no volvería a hacer por mí, que sólo habría hecho en la época en que me habría resultado indiferente y que por esa misma razón le habría resultado fácil hacer, y era precisamente confesar. Iba yo a quedar reducido para siempre, como un juez, a sacar conclusiones inciertas de imprudencias lingüísticas que tal vez no fueran inexplicables sin recurrir a la culpabilidad y ella iba a sentirme siempre celoso y juez.


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