La prisionera
La prisionera Nuestro noviazgo adquirÃa un cariz de proceso y le infundÃa la timidez de una culpable. Ahora Albertine cambiaba de conversación, cuando se trataba de personas, hombres o mujeres, que no fueran ancianas. Cuando aún no sospechaba que yo estuviese celoso, era cuando deberÃa haberle yo preguntado lo que querÃa saber. Hay que aprovechar esa coyuntura. Entonces es cuando nuestra amiga nos habla de sus placeres e incluso de los medios con los que los disimula a los demás. Ahora ya no iba a confesarme, como lo habÃa hecho en Balbec, a medias porque era verdad y a medias para disculparse de no mostrarse más cariñosa conmigo, pues ya entonces la importunaba yo y habÃa visto, gracias a mi gentileza con ella, que no necesitaba darme tantas muestras como a otros para obtener más aún: «Me parece estúpido dar a entender a quién se ama; yo hago lo contrario: en cuanto una persona me gusta, aparento no prestarle atención. AsÃ, nadie sabe nada». ¡Cómo! ¡Era la Albertine actual con sus pretensiones de franqueza y de ser indiferente a todo el mundo quien me habÃa dicho eso! ¡Ahora ya no me habrÃa enunciado esa regla! Cuando hablaba conmigo, se contentaba con aplicarla diciendo de tal o cual persona que podÃa inquietarme: «¡Ah! No sé, no la he mirado, es demasiado insignificante». Y de vez en cuando, para adelantarse a lo que yo pudiera averiguar, hacÃa esas confesiones cuyo acento —antes de que conozcamos la realidad que van encaminadas a desvirtuar, a exculpar— denuncia ya como mentiras.