La prisionera

La prisionera

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Mientras escuchaba los pasos de Albertine con la cómoda satisfacción de pensar que ya no iba a salir aquella noche, admiraba yo que, para aquella muchacha a quien en tiempos había creído yo no poder llegar a conocer, volver todos los días a casa fuera precisamente volver a mi casa. El placer, compuesto de misterio y sensualidad, que yo había experimentado, fugaz y fragmentario, en Balbec, la noche en que ella había venido a acostarse en el hostal, se había completado, estabilizado, llenaba mi morada, en tiempos vacía, con una provisión permanente de dulzura doméstica, casi familiar, que irradiaba hasta los pasillos y en la que todos mis sentidos —unas veces efectivamente y otras, cuando estaba solo, con la imaginación y mediante la espera del regreso— se alimentaban apaciblemente. Cuando yo había oído cerrarse la puerta de la habitación de Albertine, si había un amigo conmigo, me apresuraba a hacerlo salir, sin separarme de él hasta estar del todo seguro de que ya se encontraba en la escalera, algunos de cuyos escalones bajaba yo, en caso de necesidad.






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