Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Ya asqueados de la bicicleta y de la pintura, Bouvárrd y Pécuchet se dedicaron seriamente a la música. Pero mientras, eternamente amigo del orden y la tradición, Pécuchet dejaba que saludaran en él al último partidario de las canciones picarescas y del “Domino negro”, revolucionario si los hubo, hay que decirlo, Bouvard se “mostró resueltamente wagneriano”. A decir verdad, no conocía una sola partitura del “gritón de Berlín’’ (como lo llamaba cruelmente Pécuchet, siempre patriota y mal informado), porque no se las puede oír en Francia en donde el Conservatorio revienta de rutina, entre Colonne que chapurrea y Lamoureux que deletrea, ni en Munich, donde no se conservó la tradición ni en Bayreuth, que infectaron insoportablemente los “snobs”. Es una falta de sentido ensayarlas en el piano: es necesaria la ilusión de la escena así como el enterramiento de la, orquesta y la oscuridad de la sala. Sin embargo, dispuesto a fulminar a los visitantes, el preludio de Parsifal estaba permanentemente abierto en el atril de su piano, entre las fotografías del lapicero de César Franck y de la Primavera de Botticelli.