Los placeres y los dias

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“Basta de vuestras excentricidades de más allá de la Mancha y de vuestras nieblas de ultra - Rin, no miréis siempre del otro lado de los Vosgos —agregaba, mirando a Bouvard con severa fijeza, llena de subentendidos —excepto por la defensa de la patria. Que la “Walkyria” pueda gustar, —aun en Alemania, lo dudo… Pero para unos oídos franceses será siempre el más infernal de los suplicios— y el más cacofónico, agregad el más humillante para nuestra altivez nacional. ¿Por lo demás no reúne esa ópera lo más atroz de la disonancia con lo más repulsivo del incesto? Vuestra música, caballero, está llena de monstruos y ya no se Sabe qué inventar. En la misma naturaleza —madre sin embargo de la sencillez— sólo os gusta lo horrible. ¿El señor Delafosse no escribe acaso melodías sobre los murciélagos en donde la extravagancia del compositor ha de comprometer la antigua reputación del pianista? ¿Por qué no eligió algún pájaro amable? Por lo menos unas melodías sobre los gorriones serían muy parisienses; la golondrina tiene gracia y ligereza y la alondra es tan eminentemente francesa que César, según se dice, las ensartaba ya asadas en el casco de sus soldados. ¡Pero murciélagos! El francés, siempre sediento de franqueza y de claridad, odiará siempre a ese animal repulsivo. En los versos del señor de Montesquiou, vaya y pase, fantasía de hidalgo estragado, que puede permitírsele en rigor, ¡pero en música! ¿Para cuándo el “Réquiem de los Canguros”? Esa buena broma desarrugaba el ceño de Bouvard.


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