Los placeres y los dias

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Pero el objeto de sus más animados debates era Reynaldo Hahn. Mientras que su intimidad con Massenet, atrayéndole sin cesar los crueles sarcasmos de Bouvard, lo señalaba implacablemente como víctima de las predilecciones apasionadas de Pécuchet, tenía el don de irritar a este último por su admiración a Verlaine, compartida por lo demás por Boulevard. “Trabajad sobre Jacques Normand, Sully Prudhomme, el vizconde Borelli; a Dios gracias, en el país de los troveros no faltan los poetas”, agregaba patrióticamente. Y compartido entre las sonoridades tudescas del nombre de Hahn y la desinencia meridional de su nombre de pila Reynaldo, prefiriendo ejecutarlo en odio de Wagner antes que absolverlo en favor de Verdi, concluía riguroso, volviéndose hacia Bouvard:

—A pesar del esfuerzo de todos vuestros buenos mozos, Francia, nuestro bello país, es un país de claridad y la música francesa ha de ser clara o no ser —enunciaba mientras golpeaba, a mayor fuerza, sobre la mesa.






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