Los placeres y los dias

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Para Bouvard ambos eran igualmente despreciables. Massenet hallaba algunas ideas, pero vulgares; por otra parte, las ideas ya han tenido su momento. Saint-Saëns poseía cierta factura, aunque anticuada. Poco informados de Gastón Lemaire, pero jugando a su debido tiempo con el contraste, le oponían elocuentemente Chausson y Chaminade. Pécuchet, por otra parte y a pesar de las repugnancias de su estética; el mismo Bouvard, porque todo francés es caballeresco y pone a las mujeres primero ante todo, cedían galantemente a esta última el primer lugar entre los compositores del día.

En Bouvard era el demócrata más aun que el músico el que proscribía la música de Charles Levadé; ¿no es acaso oponerse al progreso demorarse aún en los versos de la señora de Girardin, en el siglo del vapor, del sufragio universal y de la bicicleta? Por lo demás, partidario de la teoría del arte por el arte, del juego sin matices y el canto sin inflexiones, Bouvard declaraba que no podía oírlo cantar. Le hallaba el tipo mosqueteril, los modales chocarrones, las fáciles elegancias de un sentimentalismo pasado de moda.





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