Los placeres y los dias

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En Trouville acabo de encontrarme a la señora de Breyves, a la que había conocido más feliz. Nada puede curarla. Si lo amaba al señor de Laléande por su belleza o por su ingenio, podría buscarse para distraerla a un joven más ingenioso o más buen mozo. Si era que su bondad o su amor por ella se la habían acercado, otro podía tratar de amarla con más fidelidad. Pero el señor de Laléande no es buen mozo ni inteligente. No ha tenido oportunidad de probarle que era tierno o duro, olvidadizo o fiel. Es a él pues a quien ama y no méritos o encantos que podrían encontrarse en más alto grado en otros; a él, efectivamente, es a quien ama, a pesar de sus imperfecciones y a pesar de su mediocridad; está pues destinada a amarlo a pesar de todo. Él, ¿sabía ella lo que era? sino que emanaba para ella tales escalofríos de desesperación o de beatitud que ya no importaban todo el resto de su vida y de las cosas. La cara más hermosa, la inteligencia más original no tendrían esa esencia particular y misteriosa, tan única que nunca una persona humana tendrá su exacta doble en el infinito de los mundos ni en la eternidad del tiempo. Sin Genoveva de Buivres, que la condujo inocentemente a casa de la señora A…, todo ello no hubiera sido. Pero las circunstancias se encadenaron y la aprisionaron, víctima de un daño sin remedio, porque carece de motivos. Verdad, el señor de Laléande, que pasea sin duda en ese momento por la playa de Biárritz una vida mediocre y sueños endebles, se asombraría mucho si conociese la otra existencia milagrosamente intensa al punto de subordinarlo todo, de aniquilar todo lo que no es ella, que tiene en el alma de la señora de Breyves existencia tan continua como su existencia personal, traduciéndose también efectivamente en actos, distinguiéndose sólo por una más aguda conciencia, menos intermitente, más rica. Qué asombrado estaría si supiese que a él, que suscita poco interés por lo común, bajo sus aspectos materiales, lo evoca súbitamente por donde vaya la señora de Breyves, en medio de la gente de más talento, en los salones más exclusivos, en los paisajes que más se bastan a sí mismos y que en seguida, esa mujer tan amada no tiene más ternura, pensamiento, atención, que para el recuerdo de ese intruso frente al cual todo se esfuma, como si él solo tuviese la realidad de una persona y las personas presentes fueran vanas como recuerdos y como sombras.


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