Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Aunque se pasee la señora de Breyve con un poeta o almuerce en casa de una archiduquesa, esté sola o leyendo o conversando con el amigo más querido, la imagen del señor de Laléande está sobre ella, deliciosa, cruel, inevitablemente como el cielo está sobre nuestras cabezas. Hasta llegó, ella que odiaba a Biarritz, a encontrarle a todo lo atingente a esa ciudad un encanto doloroso y per turbador. Se preocupa por la gente que está allí, que lo verán quizás sin saberlo, que vivirán quizás con él sin gozarlo. Para ésos no tiene ella rencor y sin atreverse a darles encargos los interroga incesantemente, asombrándose a veces de que se oiga hablar tanto a su alrededor de su secreto sin que nadie lo haya descubierto. Una fotografía grande de Biárritz es uno de los pocos adornos de su cuarto. Le presta a uno de los paseantes que en ella se ve, sin detalles, los rasgos del señor de Laléande. Si ella conociera la mala música que le gusta y que toca, las romanzas desdeñadas ocuparían sin duda en su piano y pronto en su corazón, el lugar de las sinfonías de Beethoven y de los dramas de Wagner, por un rebajamiento sentimental de su buen gusto y por el encanto que aquél —de donde todo le llega, encanto y pena— proyectaría sobre ellas. A veces la imagen de aquel que ha visto sólo dos o tres veces y por pocos instantes, que ocupa un lugar tan pequeño en los acontecimientos exteriores de su vida y que ha tomado uno tan absorbente en su pensamiento y su corazón hasta ocuparlos por entero, se esfuma delante de los ojos cansados de su memoria No lo ve más, no recuerda ya sus rasgos, su silueta, apenas sus ojos. Esta imagen, sin embargo, es todo lo que ella posee de él. Enloquece sólo de pensar que podría perderla, que el deseo que en verdad la tortura, pero que es toda ella ahora, en el cual se ha refugiado por entero, después de haberlo rehuido todo, del que se interesa como se interesa uno por la propia conservación, por la vida, buena o mala podría desvanecerse y ya no quedaría más que el sentimiento de un malestar y de un sufrimiento de sueño, de los que ya no sabría cuál es el objeto que los causa; no lo vería quizás más en su pensamiento y no podría quererlo. Pero he aquí que la imagen del señor de Laléande ha vuelto después de esa perturbación momentánea de visión interior. Su pena puede volver a empezar y es casi una alegría.