Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Mi madre me llevaba a los Olvidos a fines de abril, partía al cabo de dos días, pasaba conmigo otros dos días a mediados de mayo, y volvía a buscarme en la última semana de junio. Sus viajes tan breves eran lo más dulce y lo más cruel. Durante esos dos días me prodigaba unas ternuras de las que era muy avara por lo común, para curtirme y calmar mi enfermiza sensibilidad. Las dos noches que pasaba en los Olvidos, venía a mi cama para despedirse, antigua costumbre que perdió porque le hallaba yo demasiado placer y demasiado pesar, y ya no me dormía a fuerza de llamarla de nuevo para que se despidiera otra vez, no atreviéndome más al final y experimentando solo y más aun la necesidad apasionada, inventando siempre nuevos pretextos, mi almohada ardiente que había que dar vuelta, mis pies helados que sólo ella podía calentar entre sus manos … . Tan dulces momentos recibían otra dulzura del hecho de que yo percibía que eran aquellos en que mi madre era verdaderamente ella misma y que debía costarle mucho su habitual frialdad. El día en que volvía a irse, día de desesperación en que me colgaba de su vestido hasta llegar al vagón, suplicándole que me llevara a Paris con ella, separaba yo muy bien lo sincero de lo fingido, su tristeza que asomaba debajo de sus reproches regocijados y con enojo por mi tristeza “tonta y ridícula”, que quería enseñarme a dominar, pero que compartía. Vuelvo a sentir aún la emoción de uno de esos días de partida (precisamente era emoción intacta, inalterada por el doloroso regreso de la actualidad) de uno de esos días de partida en que realicé el dulce descubrimiento de su ternura tan semejante y tan superior a la mía. Como todos los descubrimientos, había sido presentido, adivinado pero los hechos parecían contradecirla muy a menudo. Mis impresiones más dulces son aquellas de los años en que volvió a los Olvidos, avisada de que yo estaba enferma. No sólo me hacía una visita más con la que no había contado, sino que entonces sólo era dulzura y ternura florecidas, sin disimulo ni freno. Aun en ese tiempo en que no estaban suavizadas, ni enternecidas ante la idea de que un día me faltarían, está dulzura, esta ternura eran tanto para mí que el encanto de las convalecencias siempre me resultó mortalmente triste: se acercaba el día en que estaría lo bastante curada para que mi madre pudiese partir nuevamente y hasta entonces no estaba lo bastante enferma para que no recobrase sus severidades, y la justicia sin indulgencia que antes.