Los placeres y los dias

Los placeres y los dias

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Un día, los tíos en cuya casa habitaba yo en los Olvidos, me habían ocultado la llegada de mi madre, porque un primito había venido a pasar conmigo unas horas y no me hubiera ocupado bastante de él, en la alegre angustia de esa espera. Ese tapujo fue quizás la primera de las circunstancias independientes de mi voluntad que fueron cómplices de todas las aptitudes para el mal que, como todos los niños de mi edad y no más que ellos entonces, llevaba dentro de mí. Ese primito que tenía quince años —yo tenía catorce— ya era muy vicioso y me enseñó unas cosas que me dieron en seguida un escalofrío de remordimiento y voluptuosidad. Gozaba, oyéndolo, dejando que sus manos acariciaran las mías, una alegría emponzoñada en su misma fuente; pronto tuve la fuerza de dejarlo y me escapé por el parque con unas ganas locas de mi madre que ¡ay de mí! sabía entonces en París, llamándola por todos lados, por los senderos, a riesgo de extraviarme. De pronto, al pasar frente a una alameda, la vi en un banco, sonriente y abriéndome los brazos. Se levantó el velo para besarme y me precipité contra sus mejillas, deshecha en llanto; lloré largo rato, contándole todas esas cosas feas que necesitaban la inocencia de mi edad para poder decírselas y que supo escuchar divinamente, sin comprenderlas, disminuyendo su importancia con una bondad que aliviaba el peso de mi conciencia. Ese peso se aligeraba, se aligeraba; mi alma, agobiada, humillada, subía cada vez más leve y potente, desbordaba, yo era todo alma. Una divina dulzura emanaba de mi madre y de mi inocencia recobrada. Sentí pronto bajo mis narices un olor muy puro y fresco. Era una lila, cuya rama oculta por la sombrilla de mi madre ya estaba florida y que embalsamaba, invisible. Allá en lo alto de los árboles los pájaros cantaban con todas sus fuerzas. Más alto, entre las cimas verdes, el cielo era de un azul tan profundo que parecía apenas la entrada de un cielo en el que podía subirse sin término. Besé a mi madre. Nunca volví a hallar la dulzura de ese beso. Partió al día siguiente y esa partida fue más cruel que todas las anteriores. Al mismo tiempo que la alegría, me parecía que ahora, que había pecado una vez, me abandonaban la fuerza y el sostén necesarios.


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