Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Todas esas separaciones me enteraban, a pesar de mà misma, de lo irreparable que acaecerÃa algún dÃa, aunque nunca encarara seriamente en esa época la posibilidad de sobrevivirla a mi madre. Estaba decidida a matarme, en el minuto que siguiera a su muerte. Más tarde, la ausencia trajo otras enseñanzas más emerges aún; la de que se acostumbra uno a la ausencia, que es la mayor disminución de sà mismo, el más humillante sufrimiento de sentir que ya no se sufre por su causa. Esas enseñanzas por lo demás debÃan desmentirse luego. Vuelvo a pensar, sobre todo ahora, en el jardincillo en donde tomaba el desayuno con mi madre, y en donde habÃa innúmeros pensamientos. Siempre me habÃan parecido algo tristes, graves como emblemas, pero dulces y aterciopelados, a menudo malvas, a veces violetas, casi negros, con graciosas y misteriosas imágenes amarillas, algunas blancas por completo y de una frágil inocencia. Todos esos pensamientos los recojo ahora en mi recuerdo, su tristeza creció al haberlos comprendido, la dulzura de su aterciopelado ya desapareció para siempre.
II