Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Lo que desesperaba a mi madre era mi falta de voluntad. Todo lo hacía por impulso del momento. Mientras fue dada por el espíritu o el corazón, mi vida sin ser completamente buena, no fue sin embargo verdaderamente mala. La realización de todos mis hermosos proyectos de trabajo, de calma, de razón, nos preocupaba por sobre todas las cocas, a mi madre y a mí, porque advertíamos, ella con más claridad que yo, y yo confusamente, pero con mucha fuerza, que no sería más que la imagen proyectada en mi vida de la creación por mí misma y en mí misma de esa voluntad que había concebido y alentado. Pero lo postergaba siempre para mañana. Me daba tiempo, me desesperaba a veces de verlo pasar, pero había tanto por delante… Sin embargo, tenía algún terror y sentía vagamente que la costumbre de estar así, sin querer, comenzaba a pesar cada vez con más fuerza sobre mí a medida que cumplía más años, pensando tristemente que las cocas no cambiarían de golpe y que no había que confiar en absoluto, para transformar mi vida y crear mi voluntad, con un milagro que no me hubiese costado algún trabajo. No bastaba desear voluntad. Habría necesitado lo que precisamente no podía tener sin voluntad: quererlo.
III
«Y el viento furibundo de la concuspicencia, hace flamear
vuestra carne como una antigua bandera».