Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Fue entonces que, en busca de un remedio inverso y porque no tenÃa el valor de querer lo verdadero que estaba tan cerca y ¡ay! tan lejos de mÃ, dentro de mÃ, dentro de mà misma, me abandoné nuevamente a los placeres culpables, creyendo con ello reanimar la llama extinguida por el mundo. Fue en vano. Contenida por el placer de gustar, aplazaba dÃa a dÃa la decisión definitiva, la elección, el acto verdaderamente libre, la opción para la soledad. No renuncié a uno de esos dos vicios por el otro, los mezclé. ¿Qué digo? Encargándose cada cual de quebrar todos los obstáculos de pensamiento, de sentimiento que hubiesen detenido al otro, parecÃa llamarlo también. Frecuentaba la sociedad para calmarme, tras un pecado y cometÃa otro en cuanto me tranquilizaba. Y en ese momento terrible, después de perdida la inocencia y antes del remordimiento actual, en ese momento en que he valido menos que en todos los momentos de mi vida, fue cuando más me apreciaron todos. Me habÃan considerado una chiquilla presuntuosa y loca; ahora, por el contrario, las cenizas de mi imaginación eran del gusto del mundo que se deleitaba con ello. Cuando cometÃa respecto a mi madre el mayor de los crÃmenes, les parecÃa a los demás, debido a mis modales tiernamente respetuosos para con ella, el modelo de las hijas. Después del suicidio de mi pensamiento, admiraban mi inteligencia, mi ingenio hacÃa furor. Mi imaginación reseca, mi sensibilidad agotada, bastaban para la sed de los más sedientos de vida espiritual, a tal punto esa sed era ficticia y mentida como la fuente donde creÃan calmarla. Nadie, por otra parte, sospechaba el crimen secreto de mi vida y a todos les parecÃa la muchacha ideal. Cuántos padres dijeron entonces a mi madre que si mi posición hubiese sido más reducida y si hubiesen podido pensar en mÃ, no hubieran deseado otra mujer para su hijo. En el fondo de mi conciencia obliterada experimentaba sin embargo, debido a esas alabanzas inmerecidas, una vergüenza desesperada; no llegaba a la superficie y habÃa caÃdo tan bajo que cometà la indignidad de traérselas, entre risas, a los cómplices de mis crÃmenes.