Los placeres y los dias
Los placeres y los dias ¿Cómo he logrado recoger aún un delgado ramillete de primavera en esos jardines saqueados por el otoño? En el agua el viento estrujaba los pétalos de una rosa que tiritaba. En ese gran deshojar del Trianón, únicamente la bóveda leve de un puentecillo de geranio blanco, levantaba sobre el agua helada sus flores apenas inclinadas por el viento. En verdad, desde que he respirado el viento de mar afuera y la sal por los caminos profundos de Normandía, desde que he visto brillar el mar a través de las ramas de rododendros floridos, se todo lo que puede agregar la vecindad de las aguas a las gracias vegetales. ¡Pero qué pureza más virginal en ese dulce geranio blanco, inclinado con una graciosa moderación sobre las aguas friolentas entre los muelles de hojas muertas! ¡Oh plateada vejez de los bosques aún verdes, oh ramas implorantes, estanques y surtidores que un gesto piadoso ha puesto aquí y allá, como urnas ofrecidas a la melancolía de los árboles.
III. PASEOS