Los placeres y los dias
Los placeres y los dias A pesar del cielo tan puro y el sol ya cálido, el viento soplaba con el mismo frío, los árboles quedaban tan desnudos como en invierno. Para hacer fuego, tuve que cortar una de esas ramas que creía muertas y brotó la savia, mojando mi brazo hasta el codo y revelando un corazón tumultuoso, bajo la helada corteza del árbol. Entre los troncos, el piso desnudo del invierno se llenaba de anémonas, de cuclillos y de violetas y los arroyos, aun ayer sombríos y vacíos, de cielo tierno, azul y vivo, que se pavoneaba hasta el fondo. No ese cielo pálido y cansado de las hermosas tardes de octubre que, tendido al fondo de las aguas, parece morir se ahí de amor y de melancolía, sino un cielo intenso y ardiente por el que pasaban a cada instante, grises, azules y rosadas, no las sombras de las nubes pensativas, sino las aletas brillantes y resbaladizas de una perca, de una anguila, o de un eperlano. Ebrios de alegría, corrían entre el cielo y la hierba, en sus praderas y bajo sus arbolados que el genio resplandeciente de la primavera había encantado brillantemente como los nuestros. Y deslizándose frescamente por encima de su cabeza, entre sus oídos, debajo de su vientre, las aguas se apresuraban también cantando y haciendo correr el sol, alegremente, delante de ellas.