Los placeres y los dias
Los placeres y los dias El corral donde hubo que buscar los huevos no era menos agradable. El sol, como un poeta inspirado y fecundo que no desdeña distribuir belleza en los lugares más humildes y que hasta entonces no parecían integrar el dominio del arte, calentaba aún la bienhechora energía del estercolero, del patio pavimentado de modo desparejo y del peral, quebrado como una vieja sirvienta.
¿Pero quién es esa persona vestida regiamente que se adelanta entre las cosas rústicas y granjeras, en puntas de patas como para no ensuciarse? Es el pájaro de Juno, brillante, no de pedrerías muertas, sino con los mismos ojos de Argo, el pavo real cuyo lujo fabuloso aquí asombra. Así, en el día de una fiesta, algunos instantes antes de la llegada de los primeros invitados, en su vestido de cola tornadiza, atada a su regio cuello una gorguera azul, con sus penachos en la cabeza, la dueña de casa, deslumbradora, atraviesa su patio ante los ojos maravillados de los papanatas reunidos delante de la reja para ir a dar una última orden o esperar al príncipe de la sangre que ha de recibir en el mismo umbral.