Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Nada tenemos que temer, sino mucho que aprender de la tribu vigorosa y pacífica de los árboles que produce incesantemente para nosotros esencias vigorizantes, bálsamos calmantes y en cuya graciosa compañía pasamos tantas horas frescas, silenciosas y herméticas. En esas tardes ardientes en que la luz, por su mismo exceso, escapa a nuestra mirada, bajemos a uno de esos “solares” normandos desde donde se elevan con soltura las hayas altas y espesas cuyos follajes aparta como un ribazo delgado pero resistente ese océano de luz y sólo conservan algunas gotas que tintinean melodiosamente en el negro silencio del interior del bosque. Nuestro espíritu no tiene, como al borde del mar, en las llanuras, sobre las montañas, la alegría de extenderse sobre el mundo, sino la felicidad de verse separado; y limitado de todos lados por los troncos que no se desarraigan, se eleva en altura a la manera de los árboles. Acostados de espaldas, con la cabeza apoyada en las hojas secas, podemos seguir, desde el seno de un profundo descanso, la alegre agilidad de nuestro espíritu que sube, sin hacer temblar el follaje, hasta las más altas ramas en que se posa al borde del cielo suave, junto a un pájaro que canta. Aquí y allá, se estanca un poco de sol, al pie de los árboles que a veces sumergen y doran soñadoramente las últimas hojas de sus ramas. Lo demás, distendido y fijo, se calla, en una sombría felicidad. Abalanzados y erectos, en la amplia ofrenda de sus ramas y sin embargo descansados y tranquilos, los árboles por esa actitud extraña y natural nos invitan con graciosos murmullos a simpatizar con una vida tan antigua y tan joven, tan distinta de la nuestra y de la que parece la oscura reserva inagotable.