Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Un leve viento turba por un instante su inmovilidad, deslumbrante y sombría, y los árboles tiemblan débilmente, balanceando la luz en sus cimas y moviendo la sombra a sus pies.
Petit - Abbeville (Dieppe), agosto 1896
XXVII. LOS CASTAÑOS
Me gustaba sobre todo detenerme bajo los inmensos castaños cuando los amarilleaba el otoño. ¡Cuántas horas he pasado en esas grutas misteriosas y verdosas, mirando por encima de mi cabeza las cascadas murmurantes de oro pálido que derramaban la frescura y la oscuridad! Envidiaba a los petirrojos y a las ardillas por habitar esos frágiles y profundos pabellones de verdor en las ramas, esos antiguos jardines suspendidos que a cada primavera, desde hace dos siglos, se cubren de flores blancas y perfumadas. Las ramas, insensiblemente dobladas, descendían con nobleza desde el árbol a la tierra, como otros árboles que hubiesen sido plantados sobre el tronco, cabeza abajo. La palidez de las hojas que quedaban hacía resaltar aún las ramas que ya parecían más sólidas y más negras por despojadas y que reunidas así al tronco, parecían contener, como un peine magnífico, la dulce cabellera rubia esparcida.
Réveillon, octubre 1895.
XXVIII. EL MAR