Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Un acontecimiento que Agustín no había previsto, dispensó a Violante por un tiempo de pensar en su retiro. Después de haber rechazado veinte altezas serenísimas, otros tantos príncipes soberanos y un hombre de genio que solicitaban su mano, se casó con el duque de Bohemia, que tenía infinitos encantos y cinco millones de ducados. El anuncio del regreso de Honorio estuvo a punto de romper el matrimonio, en vísperas de ser celebrado. Pero lo desfiguraba una dolencia que lo aquejaba e hizo odiosas sus familiaridades a Violante. Lloró sobre la vanidad de sus deseos que volaban antaño tan ardientes hacia la carne entonces en flor y que ahora estaba marchita para siempre. La duquesa de Bohemia continuó encantando como lo había hecho Violante de Styria y la inmensa fortuna del duque sólo sirvió para darle un cuadro digno de ella al objeto de arte que era. De objeto de arte se convirtió en objeto de lujo por esa natural inclinación de las cocas, aquí abajo, a descender hasta lo —peor cuando un esfuerzo noble no conserva su centro de gravedad por encima de ellas mismas. Agustín se asombraba de todo lo que sabía de ella. “¿Por qué la duquesa —le escribía—, habla sin cesar de cosas que tanto despreciaba Violante?”.
—Porque gustaría menos con unas preocupaciones que por su misma superioridad son antipáticas e incomprensibles a las personas que viven en sociedad —respondió Violante—. Pero me aburro, mi buen Agustín.