Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Violante se aburrió cada vez más, ya nunca estuvo alegre. Entonces, la inmoralidad del mundo que hasta entonces la dejara indiferente, hizo presa de ella y la hirió cruelmente, como la dureza de las estaciones derriba los cuerpos que la enfermedad deja incapaces de lucha. Un día que se paseaba sola por una avenida desierta, de un coche que no había visto en un principio descendió una mujer que se dirigió derechamente a ella. La abordó y una vez que le hubo preguntado si era en verdad Violante de Bohemia le contó que había sido amiga de su madre y había tenido deseos de volver a ver a la pequeña Violante, que tuviera sobre sus rodillas. La besó con emoción, la tomó de la cintura y se puso a besarla tan seguido que Violante, sin despedirse, se escapó a todo correr. A la noche siguiente, Violante asistió a una fiesta en honor de la princesa de Micena, a la que no conocía. Reconoció en la princesa a la abominable dama del día anterior. Y una señora anciana que Violante estimara hasta entonces le dijo:
—¿Queréis que os presente a la princesa de Micena?
—No —dijo Violante.
—No seáis tímida —repuso la anciana—. Estoy convencida de que le gustaréis. Le gustan mucho las mujeres bonitas.