El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Junto al puente, una rampa desciende hacia la alameda, que se extiende un poco por la orilla del río. Es un lugar recoleto, cubierto por árboles antiguos. Le llaman la Alameda Vieja. Allí, caminando despacio, hablando en voz baja, el canónigo consultaba al coadjutor sobre la carta de Amaro Vieira y sobre «una idea que se le había ocurrido, que le parecía magistral, ¡magistral!». Amaro le pedía que le consiguiese con urgencia una casa de alquiler barata, bien situada y, a ser posible, amueblada; pedía sobre todo habitaciones en una casa de huéspedes respetable. «Ya ve, mi querido profesor», decía Amaro, «que es esto lo que verdaderamente me convendría; yo no quiero lujos, claro está: una habitación y una salita serían suficiente. Lo que es necesario es que la casa sea respetable, tranquila, céntrica, que la patrona tenga buen carácter y que no pida el oro y el moro; dejo todo esto a su prudencia y capacidad y crea que todos estos favores no caerán en terreno yermo. Sobre todo, que la patrona sea persona de buen trato y de buena lengua.»
—Mi idea, amigo Mendes, es ésta: ¡meterlo en casa de la Sanjoaneira! concluyó el canónigo con gran contento. Es buena idea, ¡eh!
—¡Una idea soberbia! —le apoyó el coadjutor con su voz servil.