El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Ella dispone de la habitación de abajo, la salita de al lado y del otro cuarto, que puede servir como escritorio. Tiene buen mobiliario, buenas ropas de cama…
—Magníficas ropas —dijo el coadjutor con respeto.
El canónigo continuó:
—Es un bonito negocio para la Sanjoaneira: por las habitaciones, la ropa de cama, la comida, la criada, puede muy bien pedir sus seis tostones diarios. Y, además, con el párroco siempre en casa.
—Tengo mis dudas por Améliazinha —consideró tímidamente el coadjutor—. Sí, puede repararse en ello. Una chica joven… Dice que el señor párroco es todavía joven… Su Señoría sabe lo que son las lenguas del mundo.
El canónigo se detuvo:
—¡Historias! ¿Entonces no vive el padre Joaquín bajo el mismo techo con la ahijada de su madre? ¿Y el canónigo Pedroso no vive con una cuñada y con una hermana de la cuñada que es una chica de diecinueve años? ¡Estaría bueno!
—Yo decía… —atenuó el coadjutor.
—No, no veo nada malo. La Sanjoaneira alquila sus habitaciones, es como si fuese una hospedería. ¿Acaso no estuvo allí el secretario general durante unos meses?